miércoles, 10 de abril de 2013

Pincha globos


Casi todo lo que somos, pensamos y sentimos termina siendo un problema geográfico... donde nacemos marca la mayoría de las cosas que nos identifican: el idioma, los valores morales, la forma de reaccionar frente a estímulos externos, la gente con la que te cruzás en la vida.. Somos un conglomerado de circunstancias azarosas, originadas de ese primer hecho aleatorio. Y sin embargo, aun siendo conscientes de esta realidad, los humanos nos negamos a aceptar lo contingente de nuestra existencia.

A ese azar entonces lo encubrimos, lo escondemos bajo un velo de libre albedrío (mi mejor amiga, mi novio, mi carrera, son tales porque YO las elegí). Pero fuera del mapa conocido hay un mundo de posibilidades inexploradas, un horizonte de "qué hubiera pasado si..." que nos será por siempre imposible de conocer.

Y todavía hay otro velo, más sutil y más perverso: el que convierte al azar en milagro, sino, providencia divina. Ahí la casualidad causal del encuentro se convierte en magia, el azar se convierte en destino. Y la levedad de lo casual, que amenaza con la desaparición de las cosas (porque lo que sucede sin razón alguna podría perfectamente no existir), se sustituye por el peso de lo inexpugnable.

La vida es más hermosa si hay un plan divino para cada uno de nosotros, si hay una media naranja o una misión cósmica a cumplir. La vida se vuelve más racional y controlable si podemos decidir sobre las cosas que nos suceden.

Pero no, gente...


la vida es azar y geografía.

martes, 7 de agosto de 2012

Jardín Japonés



Máscaras. 
siempre máscaras. 
Pero en el fondo
nada cambia.
Jamás.


sábado, 7 de abril de 2012

miércoles, 19 de octubre de 2011

El arte y la experiencia artística




“Yo estaba limpiando la pieza, al dar la vuelta, me acerqué al diván y no podía acordarme si lo había limpiado o no. Como esos movimientos son habituales e inconscientes no podía acordarme y tenía la impresión de que ya era imposible hacerlo. Por lo tanto, si he limpiado y me he olvidado, es decir, si he actuado inconscientemente, es exactamente como si no lo hubiera hecho. Si alguien consciente me hubiera visto, se podría restituir el gesto. Pero si nadie lo ha visto o si lo ha visto inconscientemente, si toda la vida compleja de tanta gente se desarrolla inconscientemente, es como si esta vida no hubiera existido”


Nota del diario de L. Tolstoi del 28 de Febrero de 1897


Una vez que conocemos el mundo que nos rodea y que este se nos hace cotidiano, nos acostumbramos a la presencia, disposición y funcionamiento de casas, árboles, calles, caras y hasta frases o actitudes. No nos sorprenden ya ni guerras, ni pobreza, ni siquiera la forma en que nos enamoramos. Una vez descifrados los códigos, ya no es necesario pararse con detenimiento para realmente ver: alcanza con una simple ojeada que permita reconocer lo ya asimilado. Así, caminamos o conducimos por las mismas cuadras todos los días, de forma tan automática que llegamos a los lugares sin recordar el trayecto. Nos movemos en base a esta automatización que indefectiblemente se devora todo cuanto pasamos por alto para economizar fuerzas. La automatización convierte la vida en una vida inconsciente, en una vida que deja de existir.


En medio de lo predecible, en medio de lo automático, aparece eso que llamamos Arte. El arte ordena los objetos de modo singular, utiliza palabras que se alejan de la norma o de lo coloquial, crea imágenes distintas de las apreciables en el paisaje cotidiano. Frente a esta trasgresión, el receptor de la obra artística (lector, espectador, etc.) se ve obligado a agudizar su percepción, a detenerse y observar con atención este objeto que tanto difiere de lo que se está acostumbrado a ver. Arte es aquello que rompe con la economía de fuerzas, que desautomatiza la percepción, que, a conciencia, logra generar ese extrañamiento del cual depende la experiencia artística. Es únicamente mediante esta última que podremos recobrar esa vida que la automatización hizo inconsciente. Y es verdad que puede ser experimentado en múltiples circunstancias, pero es el arte quien, en última instancia, debe su función primera a la construcción del extrañamiento: “Para dar sensación de vida, para sentir los objetos, para percibir que la piedra es piedra, existe eso que se llama arte”.


Arte significa violación deliberada, trasgresión a lo predecible. Pero, cuando esta violación se sistematiza y llega al status de canon, pierde su fuerzadesautomatizadora y se vuelve tan predecible como lo que una vez quiso romper. De este modo, las formas y los contenidos de las obras artísticas cambian, acoplándose a la necesidad de trasgresión estética para generar la experiencia artística.


Hoy, en una sociedad donde priman tanto el culto al canon como al best seller, donde arte y política se confunden, esta función se olvida y se relega a otras. Arte para propulsar individualidades, para fabricar grandes personalidades, arte para vender como objeto de consumo, arte para generar consciencia política… El resultado de esta turbadora homogeneización de formas y contenidos es que, al fin y al cabo, nadie ha superado las vanguardias y seguimos aferrados a los viejos modelos que en un momento desbarataron el concepto de arte, pero que están ya tan sistematizados y canonizados como otros. Es absolutamente necesario que el artista no olvide la función primera del arte y que comprenda la situación en la que se encuentra. Solo así logrará romper con esa hegemonía de lo diverso en que estamos inmersos, para crear una obra que realmente nos devuelva la vida robada por la automatización.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Primer promesa de inmortalidad


Juan esperaba en un bar, de esos a los que apodaba “de mala muerte”. Una interesante forma de adjetivar, pensó. Se consideraba de mala muerte a aquél tipo de lugares, preferentemente oscuros, que olían a mezcla de tabaco, alcohol y aceite rancia. Lugares frecuentados por los mismos cinco viejos tristes que acudían a beber su whisky de las 7 o por los borrachos ruidosos que iban a mirar algún partido de fútbol o por algún estudiante esporádico que, amante del romanticismo onettiano que producía aquella escena, pedía una grapamiel doble y se sentaba a escribir en una servilleta. La mala muerte era esa, un bar en una esquina, las ventanas siempre cerradas, un hombre que llenaba vasos mientras tarareaba tangos, chapas viejas entre cuyo óxido se distinguía una rubia sonriente con una botella de Coca-Cola en su mano, olor a aceite y tabaco. La mala muerte era elegir un whisky en la oscuridad en vez de la novela de la tarde. Pero si había una mala muerte debía haber una buena, ¿cuál sería la buena muerte? Pensó en La Ilíada, en la “bella muerte” griega, la muerte heróica de Aquiles o de Héctor. La bella muerte era entonces la muerte en el campo de batalla, morir atravesado por la lanza de un enemigo poderoso, morir cumpliendo un destino ineludible. Una gloriosa muerte para ser cantada por poetas. Pensó en Kurt Cobain, en el Che Guevara, en Janis Joplin. Pero eso no era la buena muerte, era una bella muerte, la muerte reservada para héroes, para aristócratas. La muerte buena, privada de valor estético, refiere al tipo común, al que se le niega lo bello y se le enchufa lo moral. ¿Morir en una cama de hospital? ¿Morir en un accidente de autos? ¿Morir en una residencia de ancianos? La buena muerte es morir de un ataque cardíaco en casa y la promesa de inmortalidad es un obituario que asegura que será extrañado por su esposa, hijos, nietos…

miércoles, 14 de septiembre de 2011

A través del gong


¿Les agrada?
VÓTENLA


Nocturno

A determinada hora de la noche mi cabeza se llena de fantasmas y no puedo dormir.

Creo que me estoy volviendo loca, cada vez más loca. Es insoportable. Todos los pequeños demonios de mis decisiones erradas, los fantasmas de lo que pudo haber sido, las monstruosas preguntas se reunen a esa hora y golpean las paredes de mi cráneo. Y parecen crecer con solo verse unos a otros, se hacen enormes, se gustan y se reproducen. Engendran millones de otros demonios chicos que también crecen y se multiplican.

Temo que alguna de estas noches encuentren el camino y presionen hasta sacarme los ojos de las órbitas. Quizás mi cráneo se aburra de ofrecer resistencia y entonces, me terminen volando las sienes.